Hace aproximadamente treinta mil años el valle del Vézère era el centro del mundo. Un laboratorio donde un grupo de hombres, pertenecientes a la nueva raza de Cro-Magnon, estaba revolucionando todas las actividades humanas. Nuestros antepasados desarrollaron una gran pericia técnica en la fabricación de herramientas y armas de piedra, lo que les permitió mejorar notablemente el arte de la caza. También en este aislado lugar, protegido de los rigores de las glaciaciones que asolaban toda Europa, se inició una de las facetas más distintivas del género humano: el arte figurativo. Los 26 kilómetros de serpenteante valle que separan Les Eyzies-de-Tayac de Montignac están repletos de cuevas y abrigos en los que los paleolíticos dejaron impreso su arte.
En el interior de esta modesta caverna, descubierta casualmente en 1940, se localiza un fascinante tesoro artístico. Son más de 1.500 representaciones —pinturas policromadas, dibujos y grabados— de distintos animales, entre los que destacan bisontes, toros y caballos. La mayoría fechada hace unos diecisiete mil años.
El facsímil está tan conseguido que los visitantes se van a emocionar con la belleza, elegancia y expresión de los grandes y ventrudos caballos rojos, negros y ocres, las tranquilas vacas rojas o el inquieto grupo de cinco toros negros, entre los que sobresale un ejemplar de cinco metros y medio, que está considerado la pintura de mayor tamaño de todo el arte paleolítico.
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