
En tiempos del medioevo existió un rey que gobernó territorio británico con sabiduría y valentía logrando la unificación de la región con la ayuda de los Caballeros de la Mesa Redonda, característica que les ofrecía a todos ellos un lugar con la misma jerarquía con respecto al rey.
Los caballeros de la mesa redonda fueron los más célebres buscadores del Santo Grial, una apreciada reliquia del cristianismo que fue utilizada por Jesús en la última cena y que sólo los puros de corazón eran dignos de su búsqueda.
Lancelot, uno de sus caballeros, sucumbió a los encantos de la esposa del Rey, Ginebra, quien cometió adulterio. Fue considerado indigno de continuar la búsqueda del Santo Grial y finalmente cedió sus posesiones y se convirtió en monje.
El rey sufrió también la traición de su hijo ilegítimo Mordred, convertido en caballero, quien aprovechó su ausencia para conspirar contra él, tomar el poder y desposar a Ginebra.
Gracias a Merlin el Rey Arturo pudo gobernar a su pueblo con sabiduría durante mucho tiempo, hasta ser sorprendido por la deslealtad y la traición de las personas más cercanas a él y en quienes había depositado su confianza.
Esta leyenda es una verdadera alegoría sobre la suerte que les depara a las personas que alcanzan el poder, aunque se trate de sabios y virtuosos, debido a la codicia de sus más allegados.
El poder y sus privilegios generan las peores pasiones humanas, principalmente en aquellas personas ligadas por una relación de parentesco.
Nada hay más estimulante para la codicia que el poder y quien lo sustenta nunca está libre de conspiraciones urdidas casi siempre por sus allegados.
Nadie perdona el éxito de un poderoso, ni siquiera su propia familia que se convierte en un foco de intrigas palaciegas con fines espurios.
No obstante, la muerte del Rey Arturo no fue definitiva, porque su pueblo espera que algún día retorne para volver a gobernar su reino.
Es el anhelo de todos los hombres, un gobierno ideal, pacífico, virtuoso y justo, libre de corrupción y con la suficiente sabiduría para conducir con equidad los destinos de su pueblo.
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